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viernes, 28 de enero de 2011

Epílogo.

"Debió ser un lugar muy oscuro que no pudiste sentir la luz, buscando por ti a través de esa tormentosa nube.
Y ahora aquí estamos todos reunidos, en nuestro pequeño pueblo natal, ésta no puede ser la manera en la que dibujarías una multitud.
¿Por qué? Eso es lo que me sigo preguntando. ¿Fue algo, que dije o que hice?
Y yo, no tenía idea de que ocultabas un alma aproblemada; y solo Dios sabe qué salió mal. Y por qué, abandonaste el escenario a la mitad de una canción.
Y ahora en mi mente te congelo, como una diecisiteañera.
Jugando conmigo a cualquier cosa, siempre a ganar, jugaste con pasión, no importaba el juego.
Cuando te apoderabas de la pista de baile, brillabas como el sol.
Y ahora el cerezo oscila, con la matutina brisa de otoño. Un sol dorado brilla en mi cara, a través de mi enredados pensamientos, de sentimientos encontrados, escucho cantar a un sinsonte.
¡Demonios este viejo mundo no es un lugar tan malo!
¿Por qué? No entiendo. Aunque quién soy yo para juzgar o explicar, aún así tengo una pregunta. ¿Quién te dijo, cariño, que no hace falta pelear?
¡Pues se equivocaron, estaban mintiendo! ¡Y ahora te fuiste y yo me hundo en la nada!
Por que nunca fue de ti abandonar la pista de baile a la mitad de la canción.
Nuestra canción.
Tú hermosa canción.
Tu maravillosa, y perfecta canción.

Jack."

FIN.

jueves, 27 de enero de 2011

Doce.

Bajé del avión en Nueva York, y pedí un taxi hacia Hackensack de inmediato. Venía inmerso en mis pensamientos, imaginándome una vida perfecta junto a Debbie. Típicas escenas cursis de una película donde un yo y un ella eramos felices por siempre y para siempre; el característico cuadro de dos abuelos envejeciendo frente al mar, con muchos nietos escuchando nuestras ancestrales historias de amor.
La tarde era fría, lo que es completamente intrínseco del estado de Nueva Jersey; yo lo había olvidado, y solo llevaba encima mi playera de mangas cortas, y unos jeans bastante delgados; recordé que en mi maleta llevaba un anorak rojo, y no tardé mucho en estar cómodamente calentito bajo él.
Supuse que Debbie estaría en su casa, por la hora, sin embargo, luego de algunos titubeos, me dirigí a mi casa en primer lugar. Hablaría con Debbie en la mañana.
El aroma de mi hogar seguía cautivando cada uno de mis sentidos, y luego de poner un solo pie dentro cerré mis ojos para aspirarlo como quien aspira una línea de coca. La casa estaba vacía, absolutamente vacía, y sin todo el mobiliario se veía dos veces más grande. La recorrí por completo, saboreando cada paso como una puerta hacia doce mil recuerdos distintos.
De tanto entrar en la nostalgia me pareció escuchar la voz de mi hermana en el segundo piso, así que subí, pero nada. Solo fantasmas del pasado.
Subiendo las escaleras te encontrabas frente al cuarto matrimonial, y si caminabas a la derecha, frente a frente la habitación de mi hermana, y mi cuarto.
Para mi sorpresa, se habían llevado mi cama, pero estaban todos mis afiches de mis bandas favoritas, e incluso algunas inscripciones de Debbie cuando decidía quedarse en mi cuarto.
Siempre le dije que me molestaba que me rayara las paredes, aunque nunca me importó demasiado; incluso, lo consideraba tierno.
Acaricié sus letras suavemente, como si fuera su cara la que tocaba. Suspiré haciendo mucho ruido.
Me estiré en el suelo, ya debían ser como eso de las diez de la noche. La luz de la luna se colaba por entre las persianas, y el fulgor de algunas estrellas era visible dentro de los agujeros.
Tenía sueño, estaba cansado; no dormí nada durante el vuelo, sólo pensar, imaginar, rememorar, fantasear, y mi mente estaba exhausta de eso...

Me despertó la sirena de una ambulancia en el punto más agudo del efecto Doppler. Me exaltó un sonido tan fuerte en mis oídos; me recordó a mi viejo despertador que sonaba casi igual cada mañana para irme a la escuela.
La mañana era fría, quizá mucho para ésta época del año, pero con el anorak, poco se sentía. Bajé a la cocina: vacía. Qué deprimente.
Pensé que durante la noche podría llegar alguien a sacarme de la casa, después de todo ya no era mía, pero quién sería el idiota para reclamar una casa tan antigua en un pueblo ya casi abandonado.

-Dentro de unos años, todo ésto será nada más que polvo.- musité.

Y era lo más probable, ya que casi no quedaba población joven en Hackensack. Sólo Debbie, y Molly y Holly, si es que ellas no se habían ido también.

-Molly y Holly... ¡El Período Uno!- recordé.

Gran parte de mi vida amorosa con Debbie la pasé en aquél bar. Visitarlo me llenaría de sorpresas. Además, hace bastante tiempo que no veía a Molly ni a Holly; tenía muchas ganas de saber de ellas.
Salí de mi casa... de mi antigua casa, dejando mi maleta dentro. No llevaba mucho, solo un pijama que no usé la noche anterior, mi cepillo de dientes, y un par de Cd's que había guardado desde el viaje de dos meses por todo Estados Unidos.
Me dolía la espalda, tenía una molesta punzada en el cuello, de seguro porque dormí sobre algo duro.
Me iba masajeando el cuello con mis manos conforme daba cada paso por mi ciudad natal. Como un turista, miraba cada atractivo como algo completamente nuevo, aunque me supiera cada centímetro del pueblo de memoria.
Un par de calles y estaba en la dirección donde estaba el club Período uno... o al menos donde solía estar.
No había visto nada más deprimente en mi vida...
En el cartel se leía "P ri d no". Había perdido varias letras, las puertas rasgadas y rayadas, pero aún era legible un cartel de "clausurado" bastante viejo. Los vidrios polarizados estaban rotos y algunos incluso, no estaban. Como si hubieran saqueado el lugar por completo. Como si una pandilla de maleantes se hubiera hecho con el lugar para destruirlo.
Había luz dentro, así que sin titubeos me decidí a ingresar al añejo edificio, con la esperanza de encontrarme a alguna de las gemelas. Pero no, sólo había un tipo frente a una fogata, disfrutando del calor de un fuego artesanal, hecho con la madera de las sillas, y avivado con un plancha de madera que parecía ser del escenario.

-Puedo ayudarlo joven.- dijo el hombre abrazando sus propios brazos.
-¿Sabe usted qué pasó con éste lugar?
-¿Con el Período uno?
-Si
-El Período uno era el único club de entretención que tenía Hackensack; lo dirigían dos chicas, gemelas, Molly y Holly creo que se llamaban. El punto es que el negocio iba bien para ambas, hasta que Molly entró en las drogas, y poco a poco comenzaron los problemas con narcotraficantes. Tú sabes que esos tipos se toman las cosas en serio. Hace unos tres años, Holly se fue a vivir a Nueva York, escapando de un inminente desastre, mientras que Molly escapó con una chica lesbiana que conoció y que la enamoró. Creo que desde que estaban juntas dejó las drogas, aunque esos son solo rumores. Hay quienes dicen que fue la lesbiana la que la metió en todo ésto.
-Pero eso no me explica por qué está destruido.
-Una vez que los narcotraficantes supieron de la huida de las gemelas, decidieron destruirles lo más preciado.
-El bar.- miré el suelo.
-Exacto.

Molly, ¿por qué demonios caíste en eso?
Definitivamente las cosas habían cambiado desde que me fui. El pueblo carecía de la poca vida que aún le quedaba en los últimos años que viví en él. Era decadente.

-Muchas gracias señor, que tenga un buen día.
-Querrás decir buenas tardes.
-¿Qué hora es?
-Las tres de la tarde.

El frío y la oscuridad del ambiente me hizo pensarme en la mañana. Veo que dormí más de lo que planeaba. Debía ir a buscar a Debbie lo antes posible.

-Buenas tardes entonces.- me despedí con un apretón y salí del olvidado club, para dirigirme directo a casa de Debbie.
Al ver lo menguante que estaba el pueblo, y las instancias con las que contaba ahora, asumí que tenía que sacar a Debbie de ahí. Quizá era la última persona joven que quedaba, y no iba a permitir que terminara su vida en un pueblo fantasma.
De camino, pasé frente a la tienda de discos de Steven, el antiguo lugar de trabajo de mi ex novia. Miré hacia adentro de reojo, y ahí se erguía Steve. Contando unos Cd's, concentrado con algún dinero.
-Debe de estar bastante solo.- pensé. Entonces una chica salió de lo que parecía ser la bodega, y le besó la cara.
Continué mi camino con las manos en los bolsillos de mi anorak, y con la capucha puesta. Con cada paso que daba, el sentimiento de nerviosismo aumentaba, haciéndose molesto en mi estómago.
La vieja casa de los Hudson.
Probé una bocanada enorme de aire, y golpeé la puerta... nadie respondió. Tres golpes más... nada. Me asomé por el ventanal, y se veían todos los muebles dentro, perfectamente conservados. Al menos no se había mudado.
Pasé al patio trasero y escalé por las protecciones hasta la habitación de Debbie. Solía hacer eso cuando era más joven, para verla de noche sin que su madre se enterara. Intenté entrar, pero la ventana estaba cerrada con un pestillo, no había nadie en la casa. Con una pequeña gota de esperanza, volví a tocar la puerta tres veces más y aguardé ahí por unos minutos... nada.
Intenté imaginar dónde podría estar Debbie, y se me llenó la cabeza de posibilidades. Incluso me asustó el hecho de que pudiera haber viajado a Los Ángeles al mismo tiempo que yo venía hacia acá. Pero eso solo pasaba en las películas. Me sonreí ante mi estúpida situación.
En verdad, había solo un lugar en el que podía estar, en el cementerio, con su madre... Aún así, no estaba seguro. Pero, el padre de Debbie de seguro sabía de su paradero. Recuerdo que nunca le agradé al viejo, aún así sabía que tenía un negocio en una gasolinería junto a la carretera. Debía caminar unos quince minutos, pero me haría bien.

Para cuando llegué, el lugar estaba casi vacío. Fácilmente alguien aparcaba y sacaba gasolina sin permiso previo, y arrancaba con el tanque lleno.

-¿Hola?- de fondo sonaba en una victrola una vieja canción country, posiblemente de los años cincuenta.
-Acá atrás hijo.- llamó una gruesa voz de vaquero.

Me asomé y vi a un anciano sentado en una mecedora. Ajustaba un arma, un rifle enorme.

-¿En qué puedo ayudarte?
-Estoy buscando a Bill Hudson.
-Así me dicen, compañero.

Me asombré, definitivamente era él. Pero no lo parecía. Estaba muy cambiado, y las arrugas le habían hecho peor.
Sostenía un palillo en su boca. Lo escupió y encendió un cigarro que extrajo del bolsillo en su pecho.

-Repito, ¿en qué puedo ayudarte?
-Señor Bill, soy Jack Carlton, el novi... ex novio de su hija Debbie. ¿Me recuerda?

Encajó la culata con el cañón del arma y me sobresalté cuando lo hizo. Dejó el arma en una pequeña mesa que tenía cerca, y de ahí mismo recogió unos lentes, que luego de limpiarlos, se los puso y me miró con los párpados casi juntos.

-Claro que te recuerdo, tu eres el chico que es famoso.
-Algo así.- no me gustaba presumir sobre mi fama.

Un silencio.

-Señor, estoy buscando a Debbie, necesito hablar con ella urgentemente. ¿Sabe dónde puedo encontrarla?- lo sonreí para mostrar gentileza, no quería que me disparara o algo por el estilo.

El viejo aspiró el cigarrillo, y botó una bocanada de humo lo suficientemente grande como para cubrir su cara con éste. Su mirada era inescrutable, parecía alguien firme, sin sentimientos. Dejó el cigarro en su boca, y volvió a tomarlo, esta vez con el dedo pulgar y el índice. Lo arrojó lejos, tomó el arma. Volvió a abrir el cañón e insertó dos cartuchos de 12 mm. Armó el rifle, lo tomó con las dos manos.
Estaba asustadísimo, como una roca, analizando cada movimiento del senil hombre.
Dejó muy violentamente el arma sobre la mesa, a lo que mi cuerpo respondió con un estremecimiento.

-Jack...- guardó silencio. Demonios, otra mala noticia.- Ésto que vas a oír quizá sea muy duro para ti. Quizá sea más difícil para ti.

Estaba gélido, mis manos comenzaron a sudar, y empecé inconcientemente a morder mis uñas.

-Hace dos meses, cuando Debbie volvió de Los Ángeles, estaba herida, sumamente dolida por lo que había visto. Sus ojos no tenían el brillo que alguna vez tuvieron, su cara estaba sumida en la desesperanza. Le sugerí que se fuera con su hermana a París, pero se negó; hablaba de una promesa, de tener que quedarse acá en Hackensack, para esperarte a ti.- el hombre se levantó de la silla, y pude notar mucho mejor su expresión.- Pasó el primer mes, en el que ni un solo día sonrió, y le dije que le pagaría los pasajes hacia París, que no soportaba verla de esa manera. Estaba trabajando conmigo, ¿sabes? El punto es que seguía negándose, seguía con la estúpida idea de que algún día tu volverías por ella.
>>Entonces llamé a Ashley, y entre los dos intentamos convencerla, no obstante, no daba su brazo a torcer. Entonces Ashley y yo, le dejamos claro que tú no volverías, que se quedaría acá estancada, sin un futuro, en un pueblo de mierda lleno de viejos decrépitos sin una vida más que la que tienen en sus mecedoras.
>>Nos agradeció por los consejos pero decía que su decisión ya estaba tomada...

Bill se acercó lentamente a mí.

-Hace dos semanas fui a verla a la casa, ya que era el tercer día que faltaba al trabajo, y pensé que quizá podría estar enferma, pero no...- cerró sus ojos, como si tuviera un pesar enorme en sus labios.- la encontré en la ducha, pálida, con ambos brazos cortados, y una cortaplumas ensangrentada.

Mi realidad se volteó. Millones de nubes pasaron frente a mí. Ya no veía, no olía, no palpaba, no degustaba, no oía, no sentía absolutamente nada. Mi tormento más profundo se había vuelto realidad.

-Se rindió.- aseveró el anciano con la vista gacha y llorando desconsoladamente.

Inspiré por la nariz, para ver si podía mantenerme en pie pero fue inútil. Caí de rodillas contra el asfalto, y rasgando mis dedos en el suelo comencé a llorar.
El corazón ya no estaba, me lo habían arrancado, y gritaba por ello. Lo que estaba viviendo en ese momento era un suplicio. Y todo por mi culpa. Debbie Hudson se había quitado la vida intentando esperarme, y yo había llegado dos semanas tarde.
La aflicción del viejo lo hizo meterse a una caseta detrás de la silla mecedora. Supuse que no saldría.
Con mi mayor esfuerzo me puse de pie, y me dirigí al cementerio. Ya no era el corazón el que dominaba mis sentimientos. Me había vuelto una máquina, imposibilitada de reír, o incluso llorar. Mi vida ahora era nada.

Aquí yace Deborah Elizabeth Hudson (1984-2010)
"Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción."

Así leía el epitafio. Lo miré inexpresivo, con una cara de póquer incapaz de tener otra sensación más que la de un vacío infinito en el lugar donde debería haber un corazón.
Algo comenzó a volver, a brotar de mis ojos. Las lágrimas inundaron mi rostro otra vez, y éste se fue deformando para dejar salir una congoja que tortura el alma, si es que me quedaba algo de ella.
-No puedo creerlo. Dicen que nunca hay que decir nunca, pero ésta vez es un nunca justificado. Nunca más podré probar tus labios, nunca más volver a oír tu voz. Nunca más volver a sentir tu aliento contra el mío. Nunca más.
>>¡Demonios Debbie dijiste que esperarías!- me quejaba, y tosía por la imposibilidad de seguir respirando si no respirabas el mismo aire que el mío.

Comencé a ahogarme, necesitaba aire. Me saqué el anorak y miré al cielo, ahí estaba. Un cerezo.

-Recuerdo que siempre te encantó cómo se veía un cerezo en otoño, como en nuestra cita favorita. Respirando esa exquisita imagen de una pareja feliz. Disfrutando de nuestro eterno amor, un amor puro, llevadero. Y aunque tuvimos nuestros pros y contras, te amo. Amo todo lo que tenga que ver contigo, y nunca te olvidaré Debbie. No hay nada en el mundo, ninguna palabra en ningún idioma que explique todo lo que sentí, siento y sentiré por ti. Porque te amo es una palabra pequeña, y yo necesitaría millones de letras para contar cada momento que pasé contigo, y lo que sentí por ti en ellos.

Corté una hoja del cerezo y te la dejé frente a la lápida. Un tierno beso plasmó todos los sentimientos y reconcomios que alguna vez tuve por y contigo. Solo así dejaba mi vida en tus manos, de rodillas, con un poderoso ósculo rebosante de rememoraciones de un tú y yo, pero por sobre todo, un nosotros.

jueves, 20 de enero de 2011

Once.

En el asiento de mi auto conocí gloriosos lugares. De esos viajes inolvidables, es el que tuve. Pero dos meses fuera de casa me hizo extrañar mis cosas. Mi cama sobre todo; dormir en una cama distinta cada noche no fue lo más cómodo del viaje. Sin embargo la geografía de mi país me sorprendió. No crucé el país por una sola carretera. Usé las viejas rutas. Esas que doblan, que suben, bajan, atraviesan y pasan por sobre cerros.
Sentí el viento en mi cabello, vi como mi barba crecía con el paso de los días. Me bañaba en ríos, y las únicas noticias que recibía eran las de los precios de los moteles que usaba de vez en cuando. Si no encontraba uno cerca, mi auto era bastante cómodo, pero mucho más inseguro. Y si, me robaron el estéreo mientras yo dormía plácidamente. O al menos eso creo, porque una mañana ya no estaba.
Usaba la misma ropa a diario, y me cambiaba solo la ropa interior, que lavaba frecuentemente conjunto a me bañaba yo.
Pasé dos días en un hospital del condado de Tennessee por un malestar estomacal, probablemente ocasionado por unas papas fritas que sabían raro. Aún así, nada me detuvo.
Con respecto a la decisión que debía tomar, pensé, y analicé cada posible destino que podría tocarme. Me proyecté, y a diario me preguntaba: ¿con quién te ves dentro de treinta años?
Y la verdad es que no llegué a nada. Estaba cansado de ser yo siempre el que decidía.
Determinado ahora solo me dirigía a Los Ángeles a ver la reacción de Víctor, y su decisión. Si elegía botarme, estaba bien. Viajaría a Hackensack también a hablar con Debbie. Todo estaba planeado. Si Víctor me rechazaba, tenía a Debbie.
De pronto me sentí suertudo por tener a las dos mejores personas del mundo enamoradas de mí. Sentí por un segundo que mi futuro sería llevadero, de una u otra manera, aunque suene lleno de egolatría y egocentrismo; sé que podía manejar ambas decisiones.
En el caso de que ambos decidieran dejarme, estaba preparado, y saldría adelante.
Una extraña sensación de dèjá vu me llenó cuando entré a Los Ángeles. Algunas cosas habían cambiado; un enorme cartel antes de Coco Channel, ahora pertenecía a Christian Dior, exhibiéndose un exquisito vestido negro junto a su nuevo y último perfume femenino.
Me miré por el retrovisor y pude notar que físicamente habían cambios en mí; a pesar de mi look de ermitaño -con barba y pelo largo incluidos- mi cara parecía más adulta que la cara del adolescente que dejó la ciudad ocho semanas atrás.

-De seguro es la barba.- suspiré.

Cuando llegué a mi edificio, estacioné donde siempre, y saqué mi bolso del asiento trasero de mi vehículo. Descendí.

-¿En qué puedo ayudarlo?- Karen lucía increíblemente distinta, pero su cara no había cambiado en nada.
-¿Karen?
-Si.- comenzó a asustarla el hecho de que un extraño de pelo largo supiera su nombre.
-Soy yo.- le sonreí.

Abrió los ojos como platos, y saltó de su cubículo a abrazarme.

-¡Señor Jack!- me decía mientras me miraba atónita.
-Ya te he dicho que no me gusta que me llames señor, linda.- volví a abrazarla.
-Lo lamento, señor.- rió.- ¡Dios mío, luce tan diferente!
-¿En serio?
-En serio, hasta parece que lleva años lejos.

Me reí por su voz, era aguda como la de una niña pequeña.

-¡Me da tanto gusto verlo!- volvió a su cubículo.- Lo extrañamos mucho acá en el edificio.
-Yo también los extrañé, pero era necesario.

Un silencio.

-Así que, ¿aún tiene sus llaves?
-¡Claro que sí!
-Entonces, adelante, bienvenido a casa.

Monté el ascensor y marqué con lentitud el piso 22. Al parecer había perdido la práctica. Me entraron náuseas cuando se movió el suelo para el ascenso, pero luego de unos minutos, ya todo había pasado, y me encontraba a salvo frente a mi puerta.
Cerré los ojos y disfruté cada minúsculo sonido que emitió mi llave atravesando la cerradura.
Si hay algo que aprendí durante mi viaje, es a valorar lo que no tenía durante esos días. Y extrañaba tanto todo, que parecía un nostálgico recuerdo volver a vivirlo otra vez.
El frío metal del pestillo me heló la mano; roté mi muñeca y ahí estaba. Mi apartamento.
El mismo olor a velas aromáticas y flores silvestres que solía tener siempre. Me sonreí de la emoción. Como un pequeño corre a los brazos de su madre luego de caerse al suelo, yo corrí a mi cama, a abrazarla, a sentir su aroma, su suavidad y textura nubosa. Recordé que probablemente estaba sucio y maloliente, así que sólo me hice parte de mi liturgia diaria de tomar un largo baño revitalizador en mi jacuzzi, y en menos de diez minutos, estuve dentro de centímetros de espuma y agua. Cerré mis ojos para captar el cansancio que llevaba encima.

-No creo que sea algo malo.- afirmé para mis adentros y me dejé llevar por el sueño.

Mientras dormitaba con un suave sonido de fondo, me acecharon una serie de recuerdos del día en que me fui: mi siesta en el mirador, mi sueño con Maggie, la extraña visita, y luego la carta, aquella carta aún cerrada.
Me exasperé por las ansias de abrirla, y saber que decía, de manera que mis reacciones fueron bastante aceleradas desde que salí de la tina; había un pequeño problema: no tenía ni la menor idea por dónde empezar a buscarla.
No es que mi departamento sea un gran espacio, de hecho es bastante compacto, aún así, podía estar en cualquier lugar, incluso en la basura. Con eso y todo, busqué, y conseguí lo que quería en mi mesa de noche. Al parecer la carta había sido colocada ahí muy delicadamente. Quien fuera que la dejó ahí, tuvo la amabilidad de no abrirla, porque permanecía en su sobre sellado, tal y como la recordaba.
Con mucho cuidado, como si tocara una reliquia, rompí el papel cobertor y extendí la hoja. Era un poema, que narraba nuestra historia. De alguna manera, con solo mirar aquellas letras escritas por el puño de mi amada, me hicieron saber, no imaginar, saber por todo lo que pasó los cinco años que no nos vimos.
Otra vez una amarga nostalgia inundó mi corazón; me sentía culpable, y a la vez vacío sin ella. Pero estaba Víctor.
En el fondo de mi corazón, y como un sentimiento absurdo, incluso obsceno, quería que Víctor me rechazara, así las cosas serían más fáciles. Entonces entraba mi estúpido sentido común que me hacía menesteroso de su amor.
Sonó mi celular. Miré la pantalla líquida, era David.

-¡Hombre volviste!
-Si, estoy de vuelta.
-¿Qué hiciste en todo este tiempo?- parecía un niño pequeño en navidad.- Espera no, no me cuentes. Estoy en camino, llegaré en cinco minutos.
-Te espero.- no sirvió de nada mi última oración, ya que ya había cortado.

Como lo prometió, estuvo en casa en cinco minutos, incluso menos.
Nos sentamos cómodamente en el sofá y conversamos acerca de mi viaje, de todo lo que vi; le confesé cada anécdota con muchos detalles, intentando evitar el tema principal, y la razón por la que abandoné todo a la mitad. Luego de unos treinta minutos de solo oír mi voz, David comenzó a hablar.

-El otro día...- guardó silencio, intentando recordar algo.- No, ayer... si, fue ayer, escuché una canción tuya en la radio. Al parecer la gente aún no te olvida por acá.
-Me alegra escuchar eso. Pretendo volver al negocio, si a ti no te molesta obvio.
-¡Por supuesto que no!- sonrió, luego su imagen se torció completamente a una sombría. Pasaba algo malo.

Guardé silencio esperando que hablara, pero no dijo nada. Era malo.

-Estoy con alguien más en el negocio Jack.- lo dijo mirándome a los ojos, clavándome sus pupilas en las mías.- Yo, necesito dinero para las deudas, y tenerte fuera quizás cuánto tiempo me hizo sentir inseguro. Sabes que necesito dinero; y se acercó ésta chica, es bastante buena, lleva solo un mes y medio, y ya tiene su reputación hecha.
-Entiendo.
-¿No te molestas ni nada?
-Para nada.
-Estás mintiéndome.- me apuntó con su dedo índice.
-No David, en serio, es completamente comprensible. Te entiendo, en serio.
-¿Mejores amigos?
-Eso si que si.

Lo abracé firmemente; definitivamente extrañaba sus abrazos reconfortantes, su sonrisa revitalizadora, y sobre todo, sus certeros consejos. Metía el dedo en la yaga, pero tenía algo en las manos que sanaba la herida. Si, la mejor elección que hice en mi vida, fue la de mi mejor amigo.

-Ok, ahora no puedo respirar.- rió cuando excedimos el minuto de abrazo.

Lo solté y volvimos a tomar asiento. Pasó a la cocina y sacó dos latas de cerveza. Me sorprendía que aún estuviera llena mi despensa. Me alargó una abierta luego de abrirla.

-Lo mejor de salir un tiempo, fue que además de conocer caminos y carreteras, me conocí a mi mismo, y ahora sé realmente lo que quiero.- tomé un sorbo de alcohol; sabía igual que siempre, exquisita.

La mirada de David volvió a decaer. Demonios, algo peor.

-¿Sucede algo malo?

Guardó silencio. Sí, era algo malo, muy malo.

-¿David?, me estás asustando.
-Jack.- me miró a los ojos directamente. Su mirada me dolió.- Víctor...
-¿Víctor?- me estaba ahogando, temía lo peor.
-Víctor conoció a otro chico. Se mudó el mes pasado; al parecer te olvidó más rápido de lo que demoró en enamorarse de ti. No me quiso decir dónde iba, ni cómo se llamaba el chico. No he hablado con él desde entonces.

Comencé a morder mis uñas, esa vieja costumbre la había perdido hace años, y sólo lo hacía cuando algo era muy importante.
Inconcientemente sonreí. ¡Mi deseo oculto se había hecho realidad!
Y ni siquiera tuve que tener una incómoda charla con Víctor. Las cosas se veían mucho mejores ahora. Volvería a Hackensack, a buscar a Debbie, rogaría por su perdón, y me la traería de vuelta a Los Ángeles. Era perfecto.

-¿No deberías estar triste?- David parecía más asustado que confundido.
-No David, no lo entiendes. Yo amo a Debbie, siempre lo haré. No puedo vivir sin ella. Iré a Hackensack a buscarla, la traeré acá, y podremos vivir tranquilos y juntos al fin.
-Ella estaba enojada cuando se fue.
-No lo está. Mira.- le alargué la carta que me había escrito.- Dice que esperara por mí en Hackensack. Es hermoso, no lo crees. Serviría para una canción.
-Jack, eres la persona más disfuncional que conozco.- admitió sin quitar los ojos del papel.
-Nadie te está contradiciendo.- le golpeé dos veces su mejilla.

Busqué las llaves de mi auto y bajé al lobby otra vez. Al parecer había llegado, pero no para quedarme. Encendí el motor, y dejé que la máquina rugiera por entre el asfalto camino al aeropuerto. Moría de ganas de verla, no podía esperar al ver su rostro. Todo sería como siempre debió ser.

-Un pasaje de ida a Hackensack por favor.- dije mientras buscaba la tarjeta de crédito en mi billetera.

Diez.

Sin mirar el velocímetro, solo pisé el acelerador hasta que el tobillo me dolió. Me pasé unas cuantas luces rojas, y los ruidos de la ciudad parecían galácticos, metálicos, vacíos.
A borbotones botaba agua por los ojos, y me quejaba por mi maldita vida. Por una jodida decisión que me terminó arruinando la vida al final.
Justo cuando pensé que no podía decirle que no a esos ojos tristes que me miraron en mi apartamento, lo hice.
Justo cuando pensé que no podía ser una peor persona, lo fui.
¿Y mi solución? Desaparecer.
Pisé el freno y el auto reaccionó con un violento movimiento que espantó a la mayoría de los transeúntes, que me clavaban un montón de miradas como si estuviera inserto a una estalactita.
Cerré mis ojos, y esta vez, más lento, fui a un mirador que David me mostró una vez.
Estacioné mi vehículo y me perdí entre los árboles, y la espesa frondosidad del cerro.
Increíblemente el cielo habló, rugió como la enorme bestia que es, y seguido de un mar de lágrimas, inundó rápidamente las calles de la ciudad.
La gente con los hombros encogidos corría metros abajo de mi posición, mientras yo saboreaba cada gota que tocaban mis labios. Rememorando, con mis ojos cerrados, todas las situaciones en la que me veía con Debbie.
Miré el negro cielo que me cubría, tal y como estaba el primer día que llegue acá.
No contuve mis sentimientos y grité. Mi estómago se sentía mejor liberando tantas malas emociones mediante mis alaridos.
No importaba mucho si me escuchaban o no -lo que era complicado, porque no se veía nadie en kilómetros a la redonda, y mis quejidos se confundían con el sonido de los truenos- nada importaba mucho ahora.
Me recosté en el césped, y percibí con cada neurona de mi cuerpo la textura de mi suelo. Comencé a escuchar como nunca antes, el sonido de las gotas al golpear la hierba. Suspiraba acorde mi corazón se sentía cansado por mis perennes lamentos.
Abrumado por la complejidad de mi situación hice lo único que sabía hacer cuando algo dolía. Dormí.
Fue así que comencé a oír una voz muy familiar, una voz necesaria. Abrí mis ojos, y ya no estaba en Los Ángeles, no más. Me encontraba en mi casa, o al menos el último recuerdo de ésta antes de irme.

-Jack, bebé.
-¿Maggie?- se me llenaron los ojos de lágrimas. La extrañaba tanto.- ¡hermana!- me abalancé sobre ella para abrazarla.

Al responder mi abrazo me sentí tan lleno, tan en casa, tan completo. Era el perfecto sortilegio para seguir viviendo.

-Jack, estoy acá porque me necesitas.- me dijo al oído, sin soltarme.
-Te necesito demasiado, sin ti las cosas han sido tan complejas.
-Pero yo sé que tu puedes hacerlo hermano, eres más fuerte que yo.
-Eso no es cierto, no puedo con ésto.
-Claro que puedes amor, solo escucha a tu corazón.
-No me vengas con esas cursilerías Maggie; sabes que no creo en eso.
-El reflejo de tu corazón, es lo que haces en cada canción. Esa el es la verdadera voz de tu interior.
-Estoy enamorado de un hombre Maggie. Y dejé a mi ex novia por él.
-Ambos cometieron errores, Jack. No tienes toda la culpa.
-Y ¿qué hago ahora?
-Ya te dije, escucha la voz de tu corazón. Libérate de las ataduras, y sé libre por un tiempo.

Era lo más justo, si tengo que elegir entre ambos, simplemente no elijo y ya. Las cosas serían mucho mejor luego de que las cosas se calmen, y el tiempo apague tanto dolor que ahora hay en nuestras vidas.

-Te amo hermana, te extraño mucho.- volví a abrazarla.

Maggie me arrulló hasta que abrí mis ojos en un claro día de vuelta a la realidad. En silencio, y un poco más aliviado, busqué mi auto para dirigirme a mi departamento.
De camino, las cosas parecían menos violentas, e incluso un poco más agradables; sin embargo podía probar la amargura de mis mentiras aún.
No tenía idea de la hora que podía ser, pero tenía mis llaves, y si Víctor no estaba, lo esperaría, hasta poder hablar con él cara a cara y calmadamente.
La puerta sin cerradura, Víctor estaba; tomé una bocanada de aire y corrí la manija para entrar. Adentro estaba vacío. Pero en la cocina se oían dos voces. ¿Quién estaba?

-Necesito que lo lea.- dijo Ashley mirándome una vez que me asome por el marco de la puerta.- Jack.- asentí en signo de saludo.

Ashley estaba acompañada por Víctor y David qué mi miraban perplejos.

-Hombre, ¡te vez horrible! ¿dormiste en el suelo?- David incluyó un pequeño gesto para hacer entender a lo que se refería.
-Amor, ¡me tenías tan preocupado!- Víctor me besó, y Ashley bajó su rostro; a David pareció no importale.

Ashley carraspeó para llamar mi atención. Tenía un papel en las manos; supongo que a eso se refería con la frase que usó cuando entré.

-¿Qué es eso?
-Una carta, de Debbie.
-¿Por qué no vino ella a dejármela personalmente?
-Porque se fue ésta mañana; durante la noche empacó, y a penas pudo, llamó un taxi con dirección al aeropuerto.
-¿Se fue?- me asombré que haya escapado tan rápido.
-Ella... ella estaba muy dañada.- Ashley parecía escoger cada palabra con cautela.- todo el numerito la dejó bastante mal. Creo que es lo mejor para ella que esté sola. De cualquier manera, me pidió que te diera ésto antes de marcharse.

Recibí el sobre, fingiendo desinterés, aunque no lo abrí.

-Muchas gracias Ashley, ahora si quieres puedes irte.

La expresión en la cara de mi ex cuñada era de impresión; estaba siendo grosero, pero sentía que mi noticia era mucho más importante, y necesitaba decírselo a mi mejor amigo, y mi novio.

-Adiós David; fue un gusto Víctor.- tomó su cartera y se fue indignada. Los vidrios retumbaron con el portazo que dio.

Volví a tomar una bocanada de aire para contar ésto.

-Me voy.- lo lancé sin preámbulos.
-¿¡Qué!?- ambos quedaron pasmados.
-Necesito pensar, liberarme de ti Víctor, extrañarte. No quiero dañarte, pero me duele mucho dejar a Debbie así.
-Dijiste que no sentías nada.- Víctor miraba al suelo.
-Eso creí, pero verla anoche me hizo recordar tantas cosas.
-Te dí los últimos cinco años de mi vida, ¿y me los tiras en la cara así?- me miró. Sus ojos parecían dos pequeñas esferas de cristal. Su expresión era amarga, me calaba los huesos.
-No intento hacer eso.- hablé con dificultad.- Nunca te haría daño Víctor.
-Pues, lo estás haciendo.

Se levantó, fue a nuestra habitación por su delantal y se fue.

-¡No me esperes de vuelta!- dio otro portazo.

Me cubrí los ojos de la vergüenza; y de pronto sentí como David me había abrazado, e intentaba arrullarme.

-Vete.- lo miré y me sonreía.- Siempre te he dicho que tomes buenas decisiones. Ésta es la mejor que podrías pensar. Toma tus cosas, y vete. Yo cuidaré de Víctor.
-Te amo amigo.- lo abracé y me fui directo a mi habitación.

Saqué una maleta, y puse un poco de ropa, mi cepillo de dientes, y una playera utilizable como pijama.

-Ten cuidado, espero tu regreso.- aún tenía esa imperceptible sonrisa cuando atravesé la puerta de la cocina.- Te amo Jack.- oí su suspiro antes de cerrar la puerta.

Abajo, estaba Karen pasmada y me llamó cuando pasé por la recepción.

-¿Pasa algo?
-Su chico, Víctor, se fue muy mal.
-No te preocupes Karen, está todo bien.

Pareció comprender lo que sucedía y preguntó:

-¿Lo volveré a ver pronto?- con su labio un tanto arqueado.
-Me volverás a ver.- le sonreí tiernamente y me volteé para salir por entre las puertas de vidrio.

Dejé mi maleta atrás y me monté en mi auto para adueñarme de la carretera.

miércoles, 12 de enero de 2011

Nueve.

Con Víctor y David apoyándome con cada decisión que tomaba, el tiempo pasó increíblemente rápido, y tal y como mi mejor amigo lo prometió, comenzaba a disfrutar de la buena vida.
Mi primer disco fue un completo éxito, y todo parecía prominente desde ahí en adelante. Incluso, cuando estrené mi tercer disco, se enteraron que solía actuar en Broadway, obras pequeñas por supuesto, aún así me ofrecieron distintos roles que acepte sin titubear. ¡Terminé actuando con Christopher Walken!
Cinco años se fueron volando, y para cuando tenía mis veintisiete me había hecho una impecable reputación, absolutamente comprobable por la cantidad de premios a los que fui nominado, y los que gané.
Vivía en mi departamento, con Víctor, y todo el mundo era consiente de mi bisexualidad. Sin embargo, Debbie fue y ha sido la única chica con la que he intimado, a Víctor no le importaba. Me daba en el gusto en casi todo, incluso en mis berrinches de niño pequeño.
Lo amaba, simplemente eso; olvidé completamente a Debbie, y a veces me preguntaba si realmente la llegué a amar, pero luego recuerdo el recuerdo de su sonrisa, y por un asunto de compromiso, suspiro. Por los lindos cuatro años de nuestras vidas.
No obstante, el pesar que dejó su descuido al no llamarme para mi cumpleaños, y no intentar encontrarme es deplorable, y eso me hace amar a Víctor, porque literalmente, desde que lo conozco, está cuidando de mí. Increíblemente preocupado. ¡Incluso me dediqué a sacar músculos! Para taparle la boca por su tonto comentario del hospital.
Debes pensar que es tu culpa en cierto modo. Me decía una voz interior. Tal vez, pero si ambos no luchamos por el otro, no nos merecemos estar juntos.
Sabes que hubieras actuado si ella hubiera intentado arreglar las cosas. Es lo más probable, pero no lo hizo, y ahora pasaron cinco años. Estoy seguro que ella siguió con su vida. Yo seguiré con la mía. O al menos eso pensaba hacer.
Esa mañana el pan olía exquisito, y disfrutaba de todo el desayuno que había preparado mi chico. El jugo estaba en su acidez exacta y la mermelada combinaba tan bien con éste, que las cosas servidas en la mesa se asimilaban a una sincronizada orquesta. Cada instrumento por si sólo era hermoso, pero todos juntos en mi organismo, hacían maravillas.

-¡Apúrate! Voy tarde al hospital.- Víctor sorbeteó su café sonoramente, y golpeó la mesa para llamar mi atención.
-Debes disfrutar más del desayuno. ¿No fuiste tú el que dijo que era la comida más importante del día?- sonreí.
-Díselo a mi jefe.- dejó la taza en la mesa y corrió a la habitación a vestirse.

Hace unos días atrás, David me había sorprendido con la noticia de que habían aceptado nuestra gira, y saldríamos el mes siguiente, por dos meses en Europa, otros dos en Asia, y dos en Sudamérica y Oceanía. Seis meses fuera; tenía que decírselo.

-Víctor, tú sabes que yo soy cantante, ¿no es así?- demonios, qué manera más estúpida de comenzar una conversación.
-¿Me estás tomando el pelo?- escuché desde el baño.
-Para nada, necesito decirte algo serio.
-¿Lo de tu gira?- me sorprendió con esa.
-¿Cómo...?- me detuve a recapacitar mi pregunta.- David.
-Claro, me cuenta todo a mi primero. No me molesta que me lo hayas ocultado.
-¿Entonces?- tragué un poco de jugo.
-No me molesta, en serio.- se asomo con su irresistible sonrisa por el cuadro de la puerta de nuestra habitación.- Además, me dan vacaciones dentro de un mes. Así que tendrás que soportarme las tres primeras semanas de tu gira.
-¿¡En serio!?- me encantaba esa capacidad suya para sorprenderme, cuándo era yo el que quería sorprenderlo.- ¡Excelente!- di un pequeño salto de felicidad.

Me puse a levantar las cosas de la mesa para lavarlas y salir con él.

-Hoy tienes esa firma de discos, ¿o no?- me señaló que lo ayudara con la corbata.
-Así es.- le sonreí ampliamente.

Me tomó la cara y me besó.

-Te amo, ¿lo sabías?- dijo sin soltar mis mejillas.
-No, pero está la coincidencia de que yo te amo también.- le brillaron los ojos, y ahora yo lo besé.
-Ve a vestirte. Te espero.- tomó el control de la TV y la encendió.

Me puse algo bastante sencillo, una camisa escocesa y mis Levi's preferidos, con mis adoradas Converse's blancas. En diez minutos, luego de lavarme la cara, cepillarme los dientes, y arreglar, dentro de lo posible, mi cabello, estuve listo.

-¿Vamos ya?- golpeé mis muslos.
-¡Claro que sí!- caminamos juntos a la puerta, y al encontrarnos los dos en el estrecho pasillo quedamos atascados por unos segundos, chocando repetidas veces.
Reímos juntos al ver nuestra estúpida reacción ante un problema tan fácil de resolver. Víctor besó mi cara, y entonces miré al pasillo, y encontré lo imposible.
Su silueta seguía igual, esbelta. Su camisa marcaba sus senos, que sin duda habían crecido. Sostenía un celular, y me miraba fríamente, como si hubiera visto a un muerto, lo que es bastante comparable a lo que acababa de ver. Sentí como sus piernas flaquearon, y me adelanté rápidamente a sostenerla antes de que se golpeara con el suelo. Sus ojos se desorbitaron para cerrarse con fuerza. El celular se golpeó en la alfombra del pasillo mientras una voz gritaba su nombre desde el auricular.

-Jack.- susurró con su suave voz de mantequilla.
-Debbie, ¿¡que haces acá!?- la sacudí un poco, no respondía.
-No te contestará.- dijo Víctor rígido en la entrada de nuestro departamento.
-¡Ayúdame!- me afligí al verla así.

Solo con mi cara mi novio reaccionó y me ayudó a levantarla. La dejamos estirada en el sofá de nuestra sala de estar.

-Creí que ella no volvería.- afirmé mirando el suelo.
-Parece que aún te ama.
-No lo creo.
-Se desmayó porque me vio besándote.- Víctor parecía algo cabreado.- ¿Cómo respondes a eso?
-La impresión. Era mi mejor amiga, quizá no se esperaba algo como ésto.
-Todos los medios saben de nosotros.
-Debbie no ve televisión; cuando me fui apenas y le alcanzaba para comprarse el periódico, y aún menos usa internet.
-Entiendo. Pero eso no quita el hecho de que ella sigue enamorada.- miró hacia otro lado para completar esa frase.

Lo ignoré y seguí zarandeando débilmente a Debbie para ver su reacción.

-No despertará; debes esperar. Te aconsejo que cierres las cortinas. Yo debo ir a trabajar.- se puso de pie y se fue.
-¡Víctor estás siendo un injusto!
-No estoy enojado contigo Jack, sólo déjame pensar, debo trabajar.- volvió a besarme y se fue.

La vi plácidamente dormida y no pude evitar arrepentirme de todo lo que había pensado éstos cinco años, tal vez Víctor tenía razón. Ella seguía amándome. Me sentí terriblemente culpable por la noticia que tenía que darle. No puedo dejar a Víctor, no haré eso; y por mucho que se haya avivado mi amor por ella, no podía hacerlo. Porque quedaría con la amarga duda de si estoy con ella por amor o por lástima, y porque no puedo romper el corazón de Víctor, con todo lo que ha hecho por mí éste lustro.

-David.- le dije a mi celular.
-¡Jack! ¿Dónde demonios estás? Hay mucha gente preguntando por ti ahora, debes llegar acá ahora mismo.- estaba frenético.
-Debbie está en Los Ángeles.

David se calló de pronto.

-Entiendo, les explicaré que tienes un contratiempo y no podrás venir.
-Gracias amigo.
-No agradezcas, me debes una.
-Te debo mil.- escuché cómo golpeaban a mi puerta.- Debo colgar, gracias de nuevo.
-Tú no te preocupes.- corté.

Abrí mi puerta. Era una chica rubia, tenía algo familiar en su mirada, creo recordarla de algún lado.

-¿Sí?
-¿Jack Carlton?
-Si.- enarqué una ceja.
-Soy Ashley Hudson.- esperen, ¿acaba de decir Hudson?- la hermana de Debbie.

Había escuchado hablar de ella. Debbie me había contado sobre ella. Me dijo que era mayor, y que se había venido con un chico a Los Ángeles hace unos diez años ya, y que nunca había regresado.

-¿Cómo sabes que tu hermana está acá?
-Se está quedando conmigo en mi casa.
-Entiendo. ¿Quieres pasar?
-Uhm, no. ¿Porqué no solo llamas a Debbie y le dices que nos vamos?
-Es que... ella está dormida.

Se asombró y abrió una boca enorme.

-Tu y ella...- asumió al escuchar mi frase.
-¿Si yo? ¡Oh no!- no pude evitar reír ante tal conclusión.- Se desmayó.
-¿¡Qué!?- me empujó y pasó al living para encontrarse con la misma imagen que vio Víctor al irse.
-Víctor, que es médico, me dijo que la dejara dormir. Yo solo espero a que despierte por si sola.
-Entiendo.

Se hizo un silencio muy incómodo.

-Así que.- arqueé mi boca.- ¿quieres tomar algo?
-Seguro.

La guié a la cocina y nos sentamos en la mesa de repuesto a tomar un café.
Le pregunté cómo fue que llegó a ganarse a su hermana, porque según como hablaba Debbie de ella, no sonaba muy contenta ni muy amigable.
Ashley poseía este increíble talento para narrar, entregándome cada detalle de una manera tan intrigante que entré tanto en su historia, que perdí la noción del tiempo.
Le serví el tercer café cuando llegó al final, o al menos hasta dónde yo sabía.

-¿Y tú cómo fue que llegaste a la cima?
-Es una larga historia.- admití.
-Tengo tiempo, debo esperar a que mi hermana despierte.
-Si tu lo dices.- estiré mi rostro.- En Hackensack...- me interrumpió una sombra en la entrada de la cocina.- ¡Debbie!- Ashley me coreó.
-Hola.- su voz seguía aletargada por el desmayo.- ¿Qué pasó?

Me incomodé ante esa pregunta, miré directo a Ashley, para ver si ella sería la que respondería, pero no, ella esperaba que fuera yo el que hablara desde ahora.

-Te desmayaste... Perdiste el conocimiento, y Víctor se encargó de ver lo que pasaba.
-¿Quién es Víctor?- demonios, preguntaba solo cosas que no quería responder.
-Un amigo mío, que es doctor.- miré el suelo.

Un engorroso silencio en la habitación.

-Así que.- Ashley rompió el silencio.- ¿Quieres irte a casa?- sonrió.
-No.- respondió mi ex. Tenía una molesta cara de póker.
-¿Por qué?- Ashley tragó saliva.
-Tengo asuntos pendientes con Jack, que me gustaría aclarar de inmediato.- me helé ante su determinación.

Ashley se puso de pie y le sugirió conversar los problemas otro día.

-No, debe ser ahora.- su hermana retrocedió. Yo quería clavar mi cuerpo al suelo. No moverme, ser una estatua.

Me asusté al ver que Ashley salía de la habitación, se despidió y se fue de mi departamento. Debbie se fue a la sala de estar. Con todas mis fuerzas la seguí. Estaba esperándome en el sillón grande dónde antes dormía.
Me senté justo en frente.

-Ok.- suspiré para calmar los latidos de mi corazón.- ¿Qué quieres saber?
-¿Qué significa ésto?

Mis manos sudaban y tiritaban. Por dónde empezar para no herirla. Era imposible, saldría dañada de ésto. Sólo comenzaré por el inicio.

-Significa que en cinco años, las cosas cambian mucho Debbie. Que soy alguien que busca nuevas experiencias, y encontré algunas con las que quise quedarme.
-Jugaste conmigo durante los cuatro años de nuestro noviazgo.- su mirada me calaba los huesos.
-No...- cerré mis ojos para contener las lágrimas.- Yo te amé.- demonios eso suena horrible.- Te amaba.- un poco mejor.- pero la distancia afecta a amor.
-La distancia es al amor, lo que el fuego es al viento. Si es un amor pequeño, la distancia lo apagará. Pero si es un amor grande, la distancia lo avivará, y los amantes se extrañarán.

Volví a respirar hondo, ésta vez funcionó. Me calmé.

-Es cierto.
-¿Entonces?- inquirió de inmediato.
-Entonces...
-Entonces no me amabas lo suficiente.- no me dejó continuar.- Entonces sí jugaste conmigo, entonces éstos cinco años que llevo extrañándote han sido en vano.

¿Me ha extrañado éstos cinco años? Eso me destruyó, me era casi imposible ahora no llorar. Me sentía asqueroso, repugnante. Una mala persona; la peor persona. La amaba, siempre lo haré, pero no puedo romperle el corazón a Víctor.
¿Es que mi vida siempre se llenaría de difíciles decisiones? Primero elegir entre quedarse en un pueblo de mierda, o huir a un futuro mejor, pero con la terrible consecuencia de un corazón roto. Y ahora ésto: romper un corazón, o romper otro. Y por consiguiente, acabar conmigo hecho pedazos.
Volví a tomar una bocanada de aire. No podía llorar.

-No...- abrí mis ojos y la miré directamente.- Entonces si te amé, y pensaba en tí día a día, pero me mató el hecho de que tenías los medios para hablarme, que tenías las maneras exactas para no perder el contacto, y sin embargo, tu puto orgullo no te permitía hablarme más, ¿no es así?

Ok, tal vez me pasé de la raya con esa frase. Aún así, no perdió el tiempo y me refutó.

-¿Y por qué no me llamaste tú? ¿Por qué tú también decidiste perder el contacto?
-¿Y qué tal si te llamaba para volver a pedir disculpas, y tú volvías a decir que no?- ahora lo entendía.- vamos Debbie, ambos cometimos errores aquí. Y ninguno es lo suficientemente humilde para admitirlo. ¿O no?

Tomó aire para decir algo, pero nada salió de entre sus labios. Cerró los ojos y preguntó.

-¿Cómo te diste cuenta que te gustaban los hombres?
-El día de mi cumpleaños, allá en casa de David, estaba yo con tragos de más; me sentía horrible porque mi supuesta novia no fue capaz de llamarme para mi cumpleaños. Todos los hicieron, pero la persona que más amaba en ese momento, no.- finalicé con dolor en mi corazón. Sonreí al recordar que.- entonces conocí a Víctor, yo supe de inmediato que él tenía algo especial. Empezamos como amigos primero, y luego las cosas se dieron por sí solas.

Una pequeña sonrisa se dibujaba en mi cara al recordar esa noche. Comencé a relacionar cosas, y terminé pensando en la historia de Víctor. Nacido y criado en un pequeño pueblo en Arizona, a los diecisiete huyó de su hostil ambiente familiar para estudiar en la Universidad de Phoenix. Al escapar, dejó una chica atrás, completamente igual a mí. La diferencia es que él no pudo alejarse lo suficiente, solo por eso se quedó en su Estado. Para cuando se graduó en medicina, se despidió de su madre, y finalmente se mudó a Los Ángeles. A su ex novia la botó, era una completa perra, admitió.
Le conté un poco de la historia a Debbie, para quebrar el molesto silencio de la habitación.

-Yo creo que sólo fuiste malvada conmigo.- finalicé mi relato con esa frase. Mi corazón se asqueó de mí, y mis increíbles mentiras. Necesitaba alejarla.

Me quedé sereno, esperando su furia. Estaba dispuesto a aceptarla; creo que siempre lo estuve.

-Tú también me hiciste sufrir Jack.- comenzó a sollozar.- Pero creeme, yo nunca, en éstos cinco años he dejado de amarte, todos los días de mi vida, he pensado en ti, he visto como te haces mas y mas famoso y he llegado a pensar que me amabas igual que antes. Qué tonta, ¿no?

Me fue difícil mantener la compostura con esa frase. Cerré mis ojos de nuevo, para contener las lágrimas. El dolor en mi pecho era demasiado, tenía que llorar.

-Tú... eres mi vida... sigues siéndolo, seas homosexual, o heterosexual, no me importa, porque yo sé que eres mi persona, eres el único que ha hecho que me sienta así, no hay nadie en la tierra que me haga pensar lo contrario.- me miró directamente mientras las lágrimas pasaban mudas hacía su boca de cristal.- puedes continuar con tu vida, ser famoso; pero quiero que sepas, que siempre estaré aquí para ti.

Se levantó, pasándose las manos por la cara. Yo mantuve mi cabeza gacha. Hizo una especie de reverencia y desapareció por la sombra del pasillo. Escuché sus pasos alejarse en la lejanía.
Mi cuerpo, paralizado, sin saber que hacer realmente, cualquier movimiento podría inspirar un mar de lágrimas.
No podía más, mis cejas se arquearon y simplemente me acosté a llorar.
Recapacité cada posibilidad, me dolía la cabeza por tan pocas opciones que tenía. Pensaba en Víctor, en mi carrera, en Debbie, en nuestro amor; me tenía mal su disposición a nunca abandonarme, su capacidad de perdón era inconcebible.
Escribí una pequeña nota a Víctor: "Regreso más tarde cariño. Te amo. J"
Tomé las llaves de mi auto y sin tiempo para esperar el ascensor, desaparecí tras las calles de Los Ángeles.

domingo, 9 de enero de 2011

Ocho.

El único consuelo que tenía, dentro de todo el dolor que sentí cuando llegué a Los Ángeles, era que para el día de mi cumpleaños, escuchara a Debbie, al menos por teléfono. La conocía, era orgullosa, pero no lo suficiente como para olvidar mi cumpleaños, y mucho menos dejarlo pasar como una fecha más.
El problema era que no me sentía listo para hablar con ella, después de ese abrazo con Víctor, sentí que le hice un daño enorme, y no sabía si ella se lo tomaría bien -porque tenía que contárselo-.
Además estaba la posibilidad -la excelente posibilidad- de que me visitara acá en Los Ángeles. El hecho de imaginarnos juntos otra vez, me hizo estremecerme.

-¿Estás bien?- David me sacó de mi ensimismamiento.- Te ves algo asustado.
-Estoy emocionado, sólo eso.- llevaba los ojos vendados. Dijo que no podría saber dónde nos dirigíamos.
-Te encantará tu sorpresa de cumpleaños.
-¿Otra más?- me sonreí.- En serio David, con la canción me basta y me sobra.
-Nada de eso, hay asuntos sin resolver que tenemos que arreglar.

El vehículo se detuvo.

-¿Llegamos?
-Claro, espera aquí dentro.- obedecí.

Oí como abría la puerta de su asiento; creí escuchar los pasos en el exterior, pero luego pensé que sería imposible con el ruido del interminable ajetreo de la ciudad. La puerta de mi puesto se abrió y sentí como tomó mi brazo y me arrastró afuera.
Con sus dos manos sobre mis hombros me guío por lo que parecía ser una vereda. Ningún problema, seguíamos en la ciudad. Escuché el abrir de una puerta automática, y el mudo sonido del interior de una habitación espaciosa.

-Hol...- una voz femenina muy familiar se detuvo en seco cuando David la chiteó.
-Descubrirá dónde está.- afirmó.

Esa voz la había escuchado antes, pero, dónde...
Mi memoria repetía una y otra vez la pequeña palabra pronunciada por la chica; intentando deducir en qué lugar estaba, no noté que habíamos ingresado a un ascensor, hasta que sentí el apagado cosquilleo en mi estómago. Estábamos subiendo.
El ascensor se detuvo, y al parecer entró alguien más.

-¿Baja?
-No, vamos al piso veintidós.- dijo David.

Soltó una de sus manos de mi hombro y se la pegó en su boca, escuché la palmada en su cara. Aunque eso no importaba, ya sabía exactamente adónde nos dirigíamos, y de inmediato comencé a atar cabos sueltos, para finalmente corroborar mi teoría.

-Demonios, se me salió. ¡Lo arruiné todo!- mi compañero estaba enojado.

Tomé la corbata que cubría mis ojos, y la quité para verme en el conocido ascensor del edificio dónde estaba el apartamento que había comprado hace unas semanas. La voz de la chica, era la voz de Karen, la recepcionista que coqueteó conmigo cuando visitamos el departamento, por eso se me hacía tan conocida.

-¿Cómo fue que te lo entregaron tan rápido?- le dije una vez que se calmó por su fallido intento de sorprenderme.
-Tengo mis contactos.- sonrió.
-Increíble.- admití cuando sonó el pequeño timbre que avisaba que habíamos llegado al piso veintidós.

David sacó de su bolsillo trasero un llavero y lo alargó hacia la puerta que daba justo frente al elevador.

-Bienvenido a tu nuevo hogar.- empujó.
-¡Genial!- abrí mis ojos como platos.

Me sorprendió con la noticia de que se lo entregaron antes, pero ésto era mucho mejor. Estaba amueblado, con el mobiliario que había escogido yo el día que me desmayé.

-¡Eres increíble hombre!- le golpeé el hombro.
-Ven acá.- me abrazó, y respondí su abrazo.- te echaré de menos en mi casa, hermano.
-Yo también te extrañaré. Fue agradable compartir este tiempo juntos.
-Lo fue.- sonrió cómodamente.
-Es el mejor regalo que podría haber recibido David, en serio, gracias.
-No tienes por qué.- me golpeó el hombro, al igual que yo a él antes.

Me estiré en el agradable y suave sofá verde y suspiré sonoramente. Entonces recordé sobre la llamada de Debbie, y su posible, pero poco probable, visita.

-Tengo que comprar ropa.- me incorporé de golpe.- Aunque no tengo dinero.- me detuve en seco en la puerta.
-De eso no te preocupes.- David llamó mi atención sacando de su billetera una tarjeta de crédito plateada.
-¡Güau!- miré el pedazo de plástico como un tesoro invaluable.- ¿Platino?
-Obvio, ¿qué crees que andaría con cualquier "tarjetucha" comprándote ropa?
-Tu si que estás lleno de sorpresas.

David rió y me acompañó a la puerta.
Fuimos a las tiendas más caras de Beverly Hills, y vimos ropa carísima. Aún así, nos decidimos por un conjunto Gucci azul marino de tela exquisita.

-Eso usarás hoy en la noche.
-¿Me llevarás a algún lado?
-Por supuesto que te llevaré a algún lado. Conseguiremos descuentos por tu cumpleaños, no es que necesite descuentos, pero tómalo como otro regalo.
-¡Más regalos!- puse mis ojos en blanco.
-Claro, quiero que mi artista siga luciéndose con sus singles como lo has hecho.
-Para eso no necesito regalos, David.
-Claro que no.

Al llegar a su casa, recogí mis pocas pertenencias para volver a ponerlas en mi maleta, y luego nos dirigimos de vuelta a mi departamento. Demonios, que bien suena eso. Mi departamento.
Al fin estoy haciéndome una vida; independiente, y solte.... no, soltero no.
Mi ánimo cayó cuando íbamos en el auto camino a mi departamento, como siempre, David lo notó.

-¿Sucede algo malo?- guardé silencio unos segundos.
-Debbie...- David cambió su cara de inmediato al escuchar ese nombre.- Debbie no me ha llamado; fui bastante estúpido al imaginar que vendría a Los Ángeles. Pero no puede ser tan orgullosa como para olvidar mi cumpleaños. Es decir, que lo haga por los 4 años de noviazgo al menos.

David al parece no sabía que decir. Sólo se limitó a susurrar:

-Mujeres.

Una vez en mi departamento, las cosas cambiaron, comenzaron a sentirse mejor. Oí a David hablando con algunas personas, citándolas en su casa para una pequeña reunión por mi cumpleaños.
Yo, por mi parte, tomé una ducha y luego me vestí con la ropa que habíamos comprado esa tarde. Las cosas irían mejor ahora... ahora que por fin comprobé que Debbie ya no sentía nada por mí. Que se pudra; a mi nadie me hace ésto. Hasta mi hermana logró llamarme mientras comprábamos ropa, y ella, que es la supuesta mujer de mi vida, ¿no lo hace?
Al carajo nuestra relación, estoy soltero, y ésta noche, tendré sexo con alguien; estoy seguro de eso.
Salí bastante cabreado de mi habitación, así que David no hizo ningún comentario cuando, por segunda vez en el día, volvíamos a su casa; aunque esta vez, para celebrar mi cumpleaños.
La música comenzó a sonar a las doce de la noche. El DJ se había retrasado según mi amigo, no obstante, me divertí mucho conociendo algunas chicas que David me presentó.
Una vez que el búm-búm de una canción electrónica me calaba los tímpanos me dejé llevar por el momento. Carpe nóctem.
Mi cuello se balanceaba al compás de la canción, y no bailaba con nadie en especial. Sólo conmigo mismo.
Me acerqué al bar a pedir una copa; hace bastante tiempo que no probaba el alcohol. Me encantó tanto la sensación que pedí otra copa, y otra, y otra.
No tenía idea de lo que bebía, pero era delicioso, revitalizante.
Le pedí al barman la botella completa, y al principio se negó; luego le dije que era el cumpleañero, pero no me creyó, de modo que tuve que cantarle al oído, y así solo me entregó la botella.
Una vez que tenía el alargado frasco de vidrio en mis manos, bebí, y bebí, porque aliviaba mi rabia. Se sentía excelente el calor que me entregaba el licor.
Permití que mi cuerpo se moviera solo, y cada uno de mis músculos respondía al sonido de mis oídos.
Estaba tan ensimismado en ese momento que choqué con alguien. Fue entonces cuando todo se calmó.

-Jack, te ves muy mal; ¿te acompaño a tomar algo de aire?- me dijo al oído.
-Claro.- dije hipnotizado por sus ojos.

Me tomó por el brazó y me guío por los diversos pasillos de la mansión de David, hasta que llegamos a mi antigua habitación, y por consiguiente, al mini-mirador.
Estaba ebrio, demasiado ebrio, y necesitaba consuelo; alguien con quien hablar. No me negaría a ésta posibilidad.

-No sabía que David te invitaría.- le dije.
-Somos amigos cercanos, siempre que David tiene algún problema, yo voy y lo atiendo.
-Genial.

Tragué algo de flema y el sonido fue asqueroso, aunque peor fue el sabor. De la vergüenza, me volteé a la vista de la enorme ciudad de ángeles.

-Te vi hablándole al oído a ese chico.- admitió con recelo.

Sólo hasta ese instante analicé que desde otra perspectiva, esa imagen debió ser lo bastante homosexual como para que todos ahora en la fiesta estuvieran hablando de ello.

-No, no es así.- me reí.
-Jack, desde que te conozco que sé que eres gay. No te preocupes, a mi no me molesta.
-No entiendes.- hablaba con dificultad.- Yo le estaba cantando.

Ok, eso sonó peor. Ambos reímos.

-Quería la botella de vodka, y no quería dármela. Le dije que era el que estaba de cumpleaños, y no me creyó, así que se lo demostré cantándole.
-¿Hiciste algo completamente homo, por alcohol?
-Tengo necesidades.- tomé un gran sorbo de licor, haciendo un desagradable sonido.
-Me doy cuenta.- me arrancó la botella de las manos, y la lanzó por encima de la baranda del mini-mirador.
-¿¡Qué haces!? Idiota.- me abalancé sobre él para golpearlo. Tomó mis muñecas y las apretó tan fuertes que mis piernas flaquearon. Sentí unas enormes ganas de besarlo, pero eso no sería correcto.
-Calma.- sonrió.
-No se vale si yo estoy ebrio. Cuando esté con mis cinco sentidos dispuestos, te patearé el trasero.
-Mírame temblar.- se carcajeó.

Suspiré y volví a mirar la urbe. Él me imitó.

-¿Sabes?- rompí el silencio.- Hoy debía haberme llamado Debbie, pero no lo hizo.
-Mujeres.- dijo con el mismo tono que David más temprano. Tomó un gran respiro y añadió.- por eso yo no confío en ellas, y mucho menos me gustan.

Un momento, ¿acaba de decir que no le gustan las mujeres?
Me miraba de reojo, con un imperceptible brillo en sus ojos. Estaba ebrio, y necesitaba cariño. Al carajo con todo. Lo deseaba, así que solo me deje llevar por mis instintos y me acerqué a besar sus labios.
Con cada movimiento soltaba un exquisito efluvio que me hacía desearlo más y más. Su saliva sabía a algo que jamás había probado, pero era de sabor aún más increíble que el alcohol que me envenenaba la sangre en ese momento.
Tomé violentamente su cara y sentí su cabello pasar por entre mis dedos. Me arrastró hacia la cama y sin despegar nuestros rostros en ningún momento me hizo sentir como nunca antes había sentido.
Por primera vez en mi vida no necesitaba a Debbie, ni ninguna otra cosa. Ésto era algo completamente nuevo, algo que requería, pero que no sabía que existía. Víctor me hizo sentir vivo, extasiado, y por sobre todo, amado.

jueves, 6 de enero de 2011

Siete.

Al ver mi acelerada recuperación, Víctor decidió darme de alta ese mismo día, y para el atardecer, estaba de vuelta en la casa en la colina de mi mejor amigo, comiendo los deliciosos espaguetis que sabía preparar.

-Es tu decisión.- me dijo David desde la cocina.- Si quieres comenzar mañana, o prefieres tomarte unos días; pero tienes que volver en algún momento.

Me sorprendió la comodidad que me entregaba. Siendo su elemento de trabajo, debería estar enojado, furioso, porque no le estoy cumpliendo lo prometido, no estoy haciendo dinero. Al parecer no tenía mucho apuro.

-Mañana comenzamos.- sonreí una vez que acabé de comer.
-Excelente, llamaré a Harold para que tenga el estudio listo.- sacó el celular y se fue a la sala de estar a hablar.

Con sus murmullos de fondo, seguía pensando en el abrazo de la noche anterior, ese extraño sentimiento de necesitar a Víctor, y su exquisita esencia. Me perturbaba y me asustaba el hecho de creerme homosexual. Era algo complejo; es decir, nunca tuve nada en contra de los homosexuales, pero nunca me imaginé en sus zapatos tampoco. Simplemente no me interesaban.
Se me heló la sangre con el solo hecho de pensar en lo que tendría que haberle explicado a David si nos hubiera visto así.
Fue sólo un abrazo, escuché dentro de mí. Claro que fue solo un abrazo, pero nunca había abrazado a un hombre de esa manera.
Eso es porque tu padre nunca te quiso en verdad, oí de nuevo. Tal vez...
Quizás las cosas hayan sido muy diferentes, de tener una imagen paterna...

Dejé de pensar en estupideces y me fui a la cama, tenía mucho que hacer al día siguiente, y debía tener todas las energías posibles.
Como siempre, durante la noche, me acecharon una serie de sueños. Un camino oscuro, un pueblo olvidado, una carretera eterna, y una silueta perfecta aguardando por mí en la pequeña estela que dejaba el vehículo tras avanzar por entre la lluvia.
Desperté exaltado y con mucha sed. Lo peor, es que eran las cuatro de la mañana, y al parecer no podría volver a dormir. Pensé en salir al mini mirador, pero de inmediato recordé que aún no conocía la casa por completo, así que solo me limité a caminar por distintos pasillos.
El estilo de la casa era el mismo en cada habitación, un agradable minimalismo que jugaba con la combinación "blanco-gris-negro" en cada rincón del edificio. Pasé por la cocina, el bar, la sala de estar, la habitación de David, una pequeña galería con variadas pinturas del mismo movimiento artístico que la casa, y finalmente el exacto lugar que buscaba, pero que aún así, no sabía que quería ver, el estudio.
Era una pequeña habitación equipada con una guitarra, un bajo, una batería, un micrófono y un sintetizador. Por el suelo habían muchas partituras repartidas, algunas con garabatos y otras completamente vacías. Como si las ideas de cada canción estuvieran encerradas en una jaula... y yo solamente debía enseñarles la llave.
Sin titubeos me dirigí a los pedazos de papel, los recogí y ordené y luego de encontrar un lápiz de entre el desorden, simplemente cerré la puerta, y me puse a escribir.
Solté cada sentimiento en mi corazón y lo dejé controlar mis manos, mi mente, y todo mi cuerpo.
Para cuando David se despertó, como a eso de las diez de la mañana, ya tenía siete canciones completas, y otros tres coros con su puente.

-¡Increíble Jack!- repetía mientras analizaba cada partitura.- ¡Esto es increíble!
-Gracias.- sonreía expectante.
-Con ésto.- señaló el montón de partituras.- con ésto tenemos tu primer disco.
-Excelente.- me alegraba y aliviaba sentir que ya tenía poco trabajo por hacer.

Cuando era joven siempre escribía poemas átonos, y me imaginaba que juntar notas, y el hecho de componer una melodía, una canción completa, sería complicado. Aún así, en unas cuantas horas, ya tenía casi todo un disco; me sentía orgullosísimo por mi logro.
Y debía estarlo, ya que para cuando el señor Jenkins lo vio, y escuchó algunas melodías, quedó encantado, y ansioso de comenzar a grabar el mejor single, para enviarlo a alguna radio emisora, y finalmente comenzar con mi carrera.

Desde ahí, los días pasaron increíblemente rápido. Eric entendía de música, y me exigía cada vez más, por lo que para cuando volvía a casa de David, llegaba exhausto, y con muchas ganas de dormir.

-El trabajo de grabar es duro.- afirmó David mientras sorbía un trago de jugo natural de naranja.- Es agotador tener que repetir las mismas estrofas una y otra vez.- me alargó un vaso de néctar de naranja.- Pero a la larga, confía en mí, siempre tienes buenos frutos.
-Me calma escuchar eso.- sonreí reconfortado mientras saboreaba el ácido del líquido en mi garganta.
-Ve a dormir, mañana será un día largo.
-Eso haré.- obedecí y le alargué de vuelta el vaso vacío.

Los brazos los tenía como dormidos, y chocaban con todos los adornos en el pasillo que daba hacia mi habitación, mi cuerpo se sentía increíblemente pesado, y muy difícil de acarrear. Para cuando terminé con el esfuerzo de movilizarme, me estiré sobre el colchón, y no supe nada más de la realidad.
Mis sueños se hacían borrosos, recordaba su cara, su sonrisa, no obstante, no tenía esa luz que antes recordaba. Mi corazón pedía por alguien más, pedía por un olor en particular, un par de brazos fuertes, que me envenenaban hasta el más recóndito lugar de mi alma, y lo hacían florecer con una amplia felicidad.

-¡Jack!- me asusté por los gritos de David provenientes de la sala.- ¡Jack, demonios ven aquí rápido!

Aún aletargado, corrí lo mejor que pude, y me encontré a David frente a su equipo de música.

-¿¡Qué sucede!?- dije con enojo.
-¡Cállate y escucha!- sonaba exitadísimo.

Cerré mi boca y puse atención a la canción de la radio. Una conocida melodía, el bajo de inicio, luego el órgano, y mi voz...

-¡Mi voz!- reaccioné de pronto.- ¡Mi canción!
-¡Lo sé!- David se incorporó.
-¡Demonios David, es mi canción!- me entusiasmó la idea de que miles de personas en Los Ángeles escucharan mi tonada en ese mismo momento.
-Ese era Jack Carlton con Forever solo en Kiss FM.- dijo la chica en la estación radial.

Grité de la emoción y me puse a saltar como lunático por toda la casa.

-¡Mi nombre en la radio David!- reía mientras seguía moviéndome de un lado a otro.
-Es el excelente regalo de cumpleaños Jack.

Todo la emoción se detuvo.

-¿Qué?- me puse extremadamente serio.
-¡Feliz cumpleaños Jack!

lunes, 27 de diciembre de 2010

Seis.

Pestañeé por inercia al abrir los ojos. Al parecer llevaba más tiempo de lo que yo imaginaba, durmiendo. Sentí la asquerosa sensación de la insipidez en mi boca, y para cuando intenté divisar algo, era solo una sombra que se movía de aquí para allá alrededor mío; una difuminada imagen de una típica habitación de hospital.
Por la oscuridad del lugar hubiera dicho que era de noche, pero luego me confundió un extraño reflejo proveniente de la ventana.

-¿Qué hora es?- pregunté con dificultad.
-Las siete de la mañana.- me respondió una voz masculina.
-¿Por qué está tan oscuro?
-Por que llevas tres días sin abrir los ojos, y el encandilarte con cualquier tipo de luz, puede dejar daños en tus ojos.
-Entiendo.- me decidí a cerrar los ojos.- ¿Quién eres tú?
-Dawson, Victor Dawson; más conocido como tu médico.- rió entre dientes.
-Entiendo, ¿y qué tengo doctor?- intenté mover mis pies, pero los sentía lejanos y pesados.- ¿sobreviviré?
-Claro que sí; solo debes intentar comer más de ahora en adelante. Estás muy flacucho.
-¡Yo no estoy flacucho!- fruncí el ceño.- incluso tengo músculos.
-Si Superman, claro.- se volvía a reír de mí.
-¡Es enserio!
-Lo que tu tienes, cariño, no son músculos.- sentí como se movía el colchón de la cama. Debió sentarse junto a mí.- Lo que tu tienes son intentos de músculos.
-¿Y eso cómo lo sabes?- seguía un poco enojado.
-Porque soy el doctor, ¿recuerdas?- aún no entendía a qué se refería exactamente.- de manera que tuve que revisarte por completo.

Me sonrojé ante la idea de tener a un tipo mirándome desnudo.

-Entiendo.- respondí lo bastante incómodo como para voltearme y volver a dormir.
-No deberías dormir.- me dijo Victor una vez que se puso de pie.- Yo que tu, acostumbraría mi mirada a la luz del día. Eso si piensas volver a ver.

Me quejé, irritado por su absoluta razón. No me agradaba éste tipo, para nada. ¿No se supone que los doctores debían ser más comprensivos o simpáticos, o algo?
Indiferente a su afirmación, me acomodé, asegurándome de hacer bastante ruido con un bostezo, y volví a dormir.
Sentí como si a penas y había cerrado los ojos cuando escuché la voz de David en la habitación.

-Jack.- susurraba.- hey, hermano, ¿estás bien?
-David, intento dormir.- me quejé.
-¿A la una de la tarde?- demonios, odio mi maldito metabolismo.- Vamos, debes practicar para abrir los ojos. La enfermera es linda.- rió, lo imité.

Hice caso y separé mis párpados. La misma imagen de la mañana, aunque podría admitir que ahora las cosas tomaban forma.

-Increíble, estoy recuperando la vista.- me alegré.

Pestañeando constantemente la imagen se sentía mucho más liviana e imperceptiblemente mi enfoque mejoraba.
Intenté probar moviendo mis extremidades, partiendo por mi pie derecho. Lejano, igual que hace unas horas. Los brazos los podía mover, al igual que mi tronco, así que probé con tocar mis piernas y ver si volvían a la vida. Casi de inmediato eso funcionó.
Mi cuerpo volvía a la vida.

-¿Te sientes mejor ahora?- preguntó David al ver mis aletargadas reacciones.
-Si, creo que hasta puedo verte la nariz.- sonrió y pude notarlo, como también pude ver una silueta en la puerta de la habitación.
-Se recupera más rápido de lo que pensé.- inquirió Victor con su voz inconfundible.

En el bolsillo de David sonó su celular y se retiró de inmediato para contestarlo.

-Hay algo que quiero conversar contigo Jack.- Victor se acercó, pude ver sus facciones. Eran las de un hombre maduro, sin embargo había algo joven demasiado llamativo en él.
-Lo que quieras, doc.- respondí por inercia.
-Te recuperas rápido porque tu problema no es físico.- me disparó esa frase en seco.- Tu problema está aquí.- afirmó tocando mi sien con su dedo índice.
-¿En mi cabeza?- sabía exactamente adonde se dirigía esta conversación. Aguardó unos segundos, para preparar con mucho cuidado lo que diría a continuación.
-David me habló de tu ex - novia de Hackensack.
-Se llama Debbie, y aún es mi novia.- junté mis cejas.
-Está bien; calma, yo sólo intento ayudarte.
-¿¡Cómo!?- me alteré, no tenía ni la más mínima idea de lo que yo estaba pasando.- ¿Vas a traerme a Debbie? ¡Es suficientemente orgullosa como para negarse cuántas veces le preguntes, ofrécele cualquier cosa, nunca aceptará!- rompí a llorar otra vez.

Entonces Víctor hizo algo que jamás hubiera esperado. Me abrazó.
Al principio me cohibí, lo sentí un descarado. Pero mi cuerpo reaccionó totalmente distinto, y le respondió el abrazo con sollozos y lamentos, y me di cuenta cuánto necesitaba sentir el cariño, el afecto de alguien, tanto, que incluso mi mente comenzó a aceptarlo, y me llevó a llorar con él.
Mientras me arrullaba me decía que me calmara, que todo estaría bien.
La situación de por sí ya era embarazosa, soy lo suficientemente hombre como para evitar que abrace cualquier desconocido, no obstante algo me desconcentraba; el poderoso efluvio que emanaba Víctor me hizo sentir extrañamente a gusto, me hizo necesitarlo. Me hipnotizó con sus palabras hasta que de pronto volví a mi realidad y lo alejé tanto como fue posible.

-¡Hey!- lo empujé con ambos brazos.- Aléjate de mi ¡marica!
-Jack, yo solo intento ayudarte, no me vengas con homofobias.
-No soy homofóbico, solo no quiero tener contacto con hombres de esa manera.

Se rindió, se disculpó, y se marchó.
¿Que demonios iba mal conmigo? Sé que me gustan las mujeres, siempre me han gustado; pero su aroma, era algo hechizante, algo tan exquisito.
Me quedé pensando toda la noche en lo que había sucedido. Por primera vez en Los Ángeles, no recordé a Debbie al dormirme.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Cinco.

-¡Feliz cumpleaños mi amor!- me estaba despertando la mejor voz en la tierra.

No me sabía todo a realidad, así que me negué a abrir los ojos por miedo a encontrarme en aquel almacén de mobiliario, con David mirándome fijamente, y una atestada multitud alimentando su morbo conmigo.

-¿Estás despierto o no?- escuché decir de nuevo a esa exquisita voz.

¿Era ésto cierto?, ¿realmente Debbie había viajado a Los Ángeles para visitarme? Me puse a pensar en las posibilidades; lo más probable era que ya no estuviera en la tienda de muebles, y que ahora estuviera en un hospital, con varios días dormido, mi cumpleaños se habría acercado y eso le había dado un tiempo a Debbie para viajar desde Hackensack. Después de todo, quizá David le había mencionado sobre mi desmayo, y con lo hermosamente preocupada que era, habría necesitado verme.

-Creo que está durmiendo.- susurró mi chica. Abrí los ojos y todo se volteó.

No estaba en un hospital, estaba en mi habitación en Hackensack, pero no era precisamente como yo la dejé, era mi habitación de hace un año atrás... o eso creo. Aún así, estaba Debbie mirándome fijamente, y mi hermana a su lado con una pequeña sonrisa en su cara. La cara de mi novia se iluminó para cuando abrí los ojos, y sin esperar más, se abalanzó sobre mí, y me besó con gran pasión.
Si había algo más reconfortante que el brillo de su cara, era el sabor de sus labios, y su olor. Siempre pensé que debía de tener una especie de hormonas que liberaba, hechas exclusivamente para mí.

-Hola mi amor.- le dije con dificultad ya que tenía sus labios encima de los míos. Aproveché la oportunidad y le devolví el beso. Vi como mi hermana se incomodaba mirándonos disimuladamente por entre la pared y la puerta.- ¿Qué sucede?

Debbie enarcó una ceja.

-Te acabo de decir.- era ridículo explicarlo.- olvídalo.

Me miró aún con la ceja arqueada, pero luego sonrió y volvió a besarme.

-Hoy será el mejor día.- me dijo entre los besos que compartimos.- pero ahora, vístete y nos vemos en tu sala de estar dentro de quince minutos.
-Esta bien.- ensanché mi sonrisa involuntariamente.

Obedecí, e incluso en menos tiempo estuve en el recibidor de mi casa vestido sencillamente, aunque con los dientes cepillados y el pelo peinado.

-¿A dónde iremos?
-¿A dónde crees tú?- me hizo adivinar, sin embargo, yo sabía.
-¿Nueva York?- dije con volumen bajo, por temor a equivocarme.
-¡Exacto!- levantó ambas cejas para decirlo, y esbozó una amplia sonrisa.

Durante el viaje, y el paseo por Nueva York me llevó por Central Park, me consintió con todos lo dulces que yo quise y luego entramos a un lujoso restaurante; tras notar que ambos estábamos incómodos en el local, nos marchamos sin consumir nada, excepto por el mini pan, y luego acudimos a un centro de comida rápida. Dos hamburguesas eran suficientes según ella.

-Después iremos al Período Uno a comer más.- me aclaró.

Y así fue, el viaje de vuelta a Hackensack parecía eterno, pero cuando por fin llegamos al conocido bar del pueblo, me sentí como en casa.
Solo entonces recordé que era demasiado extraño estar viviendo ésto de nuevo. Recapacité mi idea de que la llegada de David haya sido sólo una creación de mi mente, y que en realidad nunca llegué a Los Ángeles, pero me negué a creérmelo, porque eso implicaría que estoy absolutamente loco.

-Escucha, ¡es nuestra canción!- exclamó Debbie con entusiasmo, mientras saltaba a la pista de baile para moverse al compás de la hermosa balada.

La acompañé y de inmediato, como impulsada por una fuerza magnética más fuerte que cualquier cosa, se apegó a mí. Encajábamos perfectamente el uno en el otro. Su cuello a la altura de mi hombro; mis manos en su cintura, y sus brazos enganchados en la mía. Cerré los ojos para disfrutar de su aroma. El perfecto sortilegio que me devolvía la vida en los momentos más difíciles.
Comencé a tararear la canción en su oído y se estremeció por un repentino ataque de escalofríos.

-¿Estás bien?- la alejé para verle la cara.
-Perfecto. Es sólo que me encanta que me cantes al oído.- me sonrió.

La volví a presionar contra mi cuerpo, y la chica en el escenario continuó entonando "Will you still love me tomorrow?".

-¿Seguirás amándome mañana?- no estaba cantando, me lo estaba preguntando.
-Tendrían que arrancarme el corazón para no hacerlo.
-¿Para siempre?
-Para toda la eternidad.
-Prometo que jamás te abandonaré Jack, jamás te dejaré en la pista a la mitad de una canción.
-Juro, por mi vida, que siempre te amaré.

Sellamos la canción con un apasionado beso; aquel que nunca olvidaré.

-¡Jack!- escuché de pronto.

Entonces todo se hizo borroso y caí en la cuenta de que otra vez tenía esos sueños/recuerdos.

-Jack, vamos hombre, quédate conmigo.- era David el que hablaba.
-Está despertando.- dijo otra persona.
-Jack, ¿puedes oírme?

Sí, lamentablemente te oigo David, pero no quiero hacerlo. No quiero despertar, quiero quedarme para siempre en éste exquisito momento con la única persona que necesito en verdad. Debbie, te amaré mañana, y por siempre...

martes, 14 de diciembre de 2010

Cuatro.

-Aún la extrañas, ¿eh?- eso sonó más como una afirmación que como pregunta.
-Si.- me costaba hablar sin sollozar.
-Entiendo.- guardó silencio.

Los ojos me pesaban de una manera increíblemente incómoda; aún así, no era sueño lo que sentía. Me escocía la vista, y no era porque me molestara el ambiente.

-Mi corazón duele.- admití. Entonces rompí en lágrimas.

Entre suspiros y gemidos, exclamaba su nombre, y pedía por ella, la necesitaba a mi lado; lo quisiera o no, Debbie lo era todo para mí, y la decisión de abandonarla me dolió mucho más a mí que ella. Porque yo tuve que quedarme con el amargo sentimiento de que tuve la oportunidad de mantenerla a mi lado, y no lo hice. Yo tenía en esos momentos esa culpa de haber tomado la decisión incorrecta para ambos.

-Escucha Jack.- me dijo David una vez que me había calmado.- Sólo escucha.- esperó.- Yo no intento regañarte; pero quiero que tengas clara una sola cosa: yo jamás te puse una pistola en la cabeza para que te vinieras conmigo a Los Ángeles, si quieres volver, estás en todo tu derecho. Sé que ahora todo te sabe a desilución y amargura, pero dentro de un tiempo las cosas mejorarán, y de a poco te irás acostumbrando. Ahora, si no quieres correr el riesgo, ten.- me alargó una llave plateada y larga que parecía ser de un automóvil.- Lárgate. Pero luego no quiero que vuelvas pidiéndome una segunda oportunidad, porque no te la daré. Debes entender que esta industria es feroz, y no te permitirá equivocarte como lo haz hecho hoy; aún no puedes darte esos lujos.- esperé a que terminara de hablar. Tomé aliento para decir algo, pero agregó.- Lo de hoy no puede repetirse bajo ninguna circunstancia.

-Entiendo David.- le interrumpí.- Sólo dame tiempo para acostumbrarme. Además, yo jamás te pedí ayuda con mis berrinches de niño chico.
-Pero, no puedes juntar tus emociones con tu trabajo, en ningún lugar del mundo eso es aceptado.

No respondí. Sólo seguí llorando hasta que él se levanto de la silla reclinable y me dio las buenas noches para despedirse.
Aún mirando la vida en la ciudad, todo me sabía a pura ironía. Todo un mundo en movimiento, y yo incapaz de contraer mis músculos para ir en auto toda la noche hacia Hackensack.
Recordé tantas cosas que pasamos juntos; en ese momento me sentía tomando un libro y leyendo todas nuestras vivencias.
Mi labio inferior tiritaba y mis cejas se arqueaban mientras las lágrimas eran incontenibles. Si cerraba los ojos, aparecían. Si los mantenía abiertos, escurrían aún con más frecuencia.
Me dormí entre quejidos, para recordarla en un sueño otra vez. Ésta vez recordaba la noche que visitamos Nueva York. La vez que me volví un hombre, y ella una mujer. Ese perfecto momento de confianza absoluta, de sincronía innata.
De alguna manera, sabía que todo era un sueño, y mi mente, por alguna razón, lo repitió una y otra vez, sin dejarme tiempo de analizarlo realmente.
Para cuando desperté, estaba cubierto con una manta, pero mis pies estabas descubiertos y helados. Estaba aclarando, la ciudad ya no emitía toda esa vibra nocturna; la vida se apagaba.
Bajé del segundo piso a la cocina a beber un vaso de agua y luego volví a la cama. Lo único que me comprobó que David dormía, fueron sus potentes ronquidos retumbantes en toda la casa. ¿Cómo es que no los había notado antes?
Me llevé el vaso a mi habitación y me lo acabé acostado en la cama. Mi sueño pudo conmigo, y acabó por noquearme para cuando deje el vaso sobre la mesa de noche.

-Jack.- susurró David a mi oído.- debemos ir a tu encuentro con la agente de bienes raíces.- me zarandeó débilmente.- recuerda que tenemos que encargarnos de elegir el amueblado.
-Lo sé.- mascullé.
-Entonces levántate.

Se retiró de la habitación y juro que no sentí que alcanzaran a pasar dos segundos cuando escuché de nuevo.

-¡Jack te estoy intentando despertar desde hace una hora, por favor ponte de pie si no quieres que yo elija los muebles de tu casa!- gritaba desde la puerta.

Abrí los ojos como platos y me puse de pie enseguida.

-¿Una hora?- me extrañé.

Se movió para dejarme ver el reloj que daba hacia el pasillo, y que señalaba exactamente las dos y treinta de la tarde.

-¡Demonios!- busqué algo sencillo para ponerme y lo use. De inmediato abandoné mi habitación, y en menos de cinco minutos estuve sentado en el asiento del copiloto del auto verde de David.

Durante el camino, David me miraba con recelo; parecía estar un tanto resentido por lo de anoche.

-Lo siento.- murmuré sin mirarlo a la cara.
-¿Y eso por qué?- tampoco me miró. -Porque sé que te tomas todo ésto muy enserio, y yo siempre arruino las cosas con mis llantos y sentimentalidades; créeme que intento, pero no puedo contener éste dolor. El tiempo arreglará las cosas, eso lo sé, pero no me da derecho a detener una canción a la mitad de la grabación. No volverá a pasar, te lo prometo.
-Entiendo.- dijo inexpresivamente sin quitar los ojos del camino
-¿Seguro?
-Jack.- ésta vez me miró.- No te preocupes.- me sonrió y me sentí mucho más tranquilo. Era una sonrisa sincera.

El ajetreo de la elección de mi amueblado fue bastante duro. Tuvimos que recorrer unas cuantas galerías para variar en opciones, colores y precios. Sin embargo, para nada me arrepiento de la decisión que tomé, y tenía exactamente pensado qué hacer, y dónde poner cada cosa en mi departamento.
La emoción de verlo equipado con el mobiliario me hizo sentir hormigueo en el panza. Fue ahí cuando noté la extraña sensación que se le sumaba a los nervios. Era un agudo dolor en la boca del estómago, un vacío insoportable. Entonces me sentí mareado.

-David.- le tomé el hombro.

Él se volteó para mirarme, estaba conversando agradablemente con el vendedor.

-¡Oh! Jack.- su gesto cambió totalmente. Incluso el vendedor parecía asustado.- tienes un aspecto de los mil demonios.
-¿Tan mal?-hablaba con dificultad, el dolor me impedía hacerlo con mayor dicción.
-¡Estás pálido hombre!- exclamó y me tomó mis dos hombros con sus manos.- ¿Has comido algo?

Al parecer eso era, fatiga.

-No, nada, desde el desayuno de ayer.- sonreí mientras lo veía tres veces.
-¡Demonios Jack!- parecía enojado.
-Lo siento.- el sonido de voz se multiplicó y luego sentí un enorme alivio.

No ví nada más, al parecer mi ojos estaban cerrados, aunque ya no sentía esa pesadez en mi torso. Escuchaban murmullos en la lejanía y mi cuerpo se sentía como bajo el agua. Pesaba demasiado para moverlo. Pude escuchar a David gritar, aunque no entendía qué es lo que realmente decía.
Al parecer tenía energías para abrir los ojos, pero al hacerlo, fue peor. Las sombras eran ahora mucho más difusas y sentía que mis pupilas miraban en todas las direcciones al mismo tiempo. Todo borroso.
¿Me estaba muriendo de inanición? ¿Era realmente así cómo acabaría todo? Que lástima.

-Debbie, te am...- intenté decir; luego no supe nada más de la realidad.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Tres.

Esta vez fue diferente a muchas otras. El hundirme en ese suave colchón de plumas me sirvió de droga alucinógena y terminé soñando algo del pasado. Un recuerdo. Un exquisito reconcomio de Debbie y yo, y nuestra cita más asombrosa. Al menos, mi favorita.
Estábamos ambos comiendo un suculento picnic bajo ese hermoso cerezo, riéndonos de las cosas de la vida, como siempre solíamos hacer. Se formaba desde lejos, un típico cuadro de otoño de esas cursis películas que me encantaba mirar sólo para sentirla más cerca.
El sabor de sus labios lo sentí tan real, su aroma a fresa de una sencilla agua perfumada lo percibí por completo en mi mente. Su cara, y por sobre todo su sonrisa.
El momento que pasamos esa tarde en Hackensack fue perfecto; más que perfecto. Aún no hayo las palabras para describir lo maravilloso que fue vivir con ella.

-Jack.- sentí a David hablar desde la puerta. Mi sueño era muy liviano así que desperté de inmediato.- Tenemos que ir a grabar los demos.

Demonios, ¿qué hora era?
Recuerdo perfectamente la voz del señor Jenkins diciéndonos que la grabación sería en la tarde. ¿Es que acaso dormí hasta la tarde?

-Enseguida me paro.- farfullé.

Aún así, hundí más mi cara en la almohada. Luego de unos dos minutos, abrí los ojos como platos, y de un salto me incorporé con dirección al baño para tomar un ducha.
Sólo en el auto camino al estudio, caí en la cuenta de que realizaría mi primer trabajo profesional en la historia de mi carrera; entonces un ahogado sentimiento de nervios y tensión me hizo gemir y apretar mis labios con la suficiente fuerza como para romperme un poco.

-Demonios.- murmuré.
-¿Qué pasó?- David no quitó los ojos del camino.
-Me rompí el labio.
-¡Oh!- Esta vez si miró.- Te está sangrando bastante.
-Lo sé... me arde.
-Ten.- me alargó un pañuelo que saco del bolsillo de su camisa.- Tienes todo mi permiso para ensangrentarlo.

Me sonreí un poco y sentí un agudo dolor en el sector derecho de mi labio inferior. Me sobé con el pañuelo mientras presionaba con los dientes el área afectada para que la sangre saliera toda de una vez.

-¿Crees que puedas cantar?- se preocupó David.
-Si.- le dije con un tono bastante seguro.- No es como que mi voz se arruine con la pérdida de un poco de sangre.
-Si, pero me refiero a la pronunciación. No sabes lo exigente que es Harold.

No lo había pensado de ese modo.

-¿Qué tal si practico un poco?- aseguré sin esperar una respuesta, mientras buscaba algún Cd en la guantera que me pareciera conocido.- ¿Songs about Jane?
-No puedes decir nada, Maroon 5 es un ícono de la música pop rock en Los Ángeles.
-Tienes razón.- puse el cd en el lector y entonces busqué en el cd la conocida "She will be loved" para corearla con Adam Levine.

Nuestras voces eran bastante distintas, pero no por eso sonaban mal juntas, al contrario, habían unos cuantos acordes que logré crear, y que incluso, mejoraron la canción. David notó lo que yo pensaba y agregó:

-Harían un buen dueto tú y Adam.- yo seguí cantando.

Las cosas sonaron bastante bien, y mi pronunciación no se vio dañada por la pequeña herida de mi labio. Cuando descendí del auto, bajé lo suficientemente confiado como para que la recepcionista del establecimiento se quitara los lentes para mirarme más profundamente.
Me incomodé, y me puse mis anteojos para mirar hacia otro lado sin que ella se diera cuenta.

-Piso 11.- afirmó, aún mirandome de una manera bastante seductora.
-Gracias.- respondimos yo y David al unísono.
-Por cierto, soy Karen.- la chica me cerró un ojo, y me sonrojé.
-Lo tendré en cuenta.- afirmé con la cabeza un tanto gacha, para que ella no notara el color de mis mejillas.

Para cuando llegamos arriba, el estudio aún estaba vacío. Pero me sentí tan a gusto en un silencio absoluto únicamente interrumpido por el sonido de mi respiración.
Había un par de guitarras apoyadas en la pared, y colgados a ésta, un montón de discos de platino encuadrados. Pude reconocer distintos nombres de estrellas que, obviamente, debieron pisar lo que yo pisaba ahora.
Mientras miraba los brillantes adornos de las paredes, llegó Harold y otro tipo con una barba larga y un jockey volteado. Vestía una polera roja bajo una chaqueta de terciopelo negro. Para abajo eran unos pescadores bastante ordinarios y rasgados, con cadenas y bolsillos por todos lados, y por supuesto, unas All stars rojas.
Incapaz de escuchar algo, sólo vi mímicas entre éstos tres personajes. Al parecer, Harold le presentaba al chico a David, luego de su caluroso abrazo.
El chico se acercó al cristal y lo golpeó para llamar mi atención y pedirme que saliera.

-Eric.- me estrechó su mano.
-Jack.- le devolví el saludo. Su mano era áspera y estaba un poco sudada.

Para no generar disgustos en Eric, disimuladamente me pasé mi mano por la ropa después de saludarlo, y me dirigí a saludar al viejo obeso qué me tomó por la cinturá y me apretujó de una manera tan familiar. Me sentí a gusto en sus brazos, después de todo.

-En nuestro camino acá Jack cantó "She will be loved" de Maroon 5.- hizo una pequeña pausa. Y tanto Harold como Eric se mantuvieron expectantes ante la crítica de David.- Impecable.

Los cuatro en la habitación reímos, y luego pidieron que lo demostrara. Así que solo me limité a volver a la habitación silenciada y ponerme los audifonos para grabar frente al microfono. Solo entonces noté que no sabía que canción me pondrían. Aunque ya era tarde, las primeras notas de una conocida melodía empezaban a pasar a traves de mis oídos, e inércicamente mi cerebro se puso a recitar "I want to know what love is" de Foreigner.
Mientras cantaba entendía cada palabra y sentía como la canción me calaba el corazón, sin embargo tuve que comerme las ganas de llorar y seguí entonando la balada.
David me conocía mejor de lo que yo creía, y detuvo todo a la mitad. Harold y Eric se quedaron perplejos ante la decisión de mi compañero, y pusieron mala cara. Estaban bastante asombrados de mi voz, y de mi capacidad de generar nuevas entonaciones dentro de una melodía que ya era vieja.

-Aún así, me hubiera gustado escucharte cantarla entera.- dijo el señor Jenkins con desgano.- Estaba sonando increíble.
-Gracias.- me tragué el nudo en la garganta que tenía.
-Verás más de acuerdo lleguen nuevas canciones para estrenarlas en la radio.- afirmó David en seco.

Nos despedimos cordialmente y luego ingresamos al ascensor.

-Tú y yo vamos a conversar.- me sentí increíblemente presionado. Esa frase la decía mi padre cada vez que hacía algo mal. Mi boca se arqueó y me entraron más ganas de llorar.

En el auto no dijo ni una sola palabra, y su mirada era fría, inexpresiva. Para cuando llegamos a la casa, ya había atardecido.
Me sirvió un plato de espaguetis, pero no probé ninguno. Solo agradecí, y me levanté junto con el plato aún lleno.
Me dirigí a mi habitación y me senté en la silla reclinable del mini-mirador, para relajarme escuchando los acordes que forma la ciudad a las nueve de la noche. David apareció al rato.